De “maricón”… a la homofobia interiorizada

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De “maricón” a la homofobia interiorizada. O cómo la exposición al mal uso del lenguaje y a la influencia social puede producir que el peor enemigo se instale en la mente.

El término homofobia interiorizada aparece en 1972 para referirse al autorechazo que una persona homosexual puede llegar a sentir hacia su propia condición sexual. El problema de la homofobia interiorizada es complejo y poliédrico: entronca con una baja autoestima, con un autoconcepto viciado, incluso con experiencias traumáticas y con el juego de la influencia social.

Pensemos que cuando se afectan el autoconcepto y la autoestima, nos estamos condenando a vivir con un torturador interno, implacable y cruel que nos va a estar recordando de forma constante nuestro propio autorechazo así como las causas que lo justifican.

El autoconcepto, si lo analizamos bien, es de todo menos auto. Me refiero a que el concepto que nosotros tenemos de nosotros mismos se organiza y estructura a través de los ojos de los demás: todo aquello que nos han dicho nuestras fuentes de influencia y nuestros círculos sociales se acaba convirtiendo en nuestra realidad interna, y ahí aparecen nuevas bifurcaciones del problema: por una parte, esta construcción del yo empieza pronto en la vida, junto a la autoestima se empieza a forjar en la niñez, donde la persona no tiene consciencia del yo, no ha desarrollado todavía capacidad autoreflexiva y es mucho más permeable a las influencias externas; y por otra parte ¿en qué se convierte una mentira repetida 1000 veces? (seguramente estaréis pensando que la respuesta es en una verdad, pero realmente no, una mentira siempre será una mentira por mucho que se repita, salvo que le demos valor de realidad, es decir, si me lo creo, será una verdad).

Con lo cual, nuestro autoconcepto se vicia sin darnos casi cuenta, las influencias que recibimos vienen muy impregnadas por la sociedad en la que nos desarrollamos: sus valores, sus creencias, sus prejuicios, sus estereotipos, sus filias, sus fobias, y su lingüística.

La sociedad ha evolucionado, relativamente. Pero al igual que las sociedades evolucionan, a veces también involucionan en el mismo grado, incluso al mismo tiempo, generando fuerzas opuestas. Actualmente, una sociedad como la nuestra, en mi opinión, está en una encrucijada de fuerzas opuestas: nos encontramos que vivimos en una sociedad que habla de pluralismo, y sin embargo, tiende de forma sutil pero implacable, a la uniformidad. Uniformidad que afecta sobre todo a la gente más joven, más permeable a la influencia social y con cada vez más miedo a sentirse o ser diferenciables, ya no diferentes, sino que, por algún rasgo o característica, se les pueda diferenciar de su grupo de iguales. No hay más que ver cómo una “moda” se instala entre los adolescentes y se convierte en “ley”, por ejemplo, actualmente, no hay niña adolescente que lleve el pelo corto, todas llevan melenas largas y sienten verdadero horror solo plantearse que se lo pudieran cortar. Y si vemos a los adolescentes, veremos una gran mayoría con barba y con el mismo corte de pelo. Uniformidad.

Los adolescentes y pre adolescentes no son libres. Están bajo el yugo de la presión de grupo que no es más que una malévola extensión de la presión social. Esa presión de grupo es la primera y más dura línea de uniformidad, ya que reparte etiquetas con una crueldad incuestionable: si no estás con o cerca de los “populares” corres el riesgo de que te etiqueten como friki, o looser, o “maricón”… y si eso es así, se deja la puerta abierta al acoso y a consecuencias más peligrososas. Los niños no son prejuiciosos pero en cuanto llegan a la adolescencia la “contaminación” social los vuelve peligrosamente estereotípicos y cruelmente prejuiciosos.

Si un adolescente o preadolescente se encuentra en estas circunstancias ambientales, si se planteara salir del armario se enfrenta a una situación de alto riesgo, porque habrá quien sacará la etiqueta de “maricón” y se la adjudicará de forma implacable. Con lo cual la persona se ve en la tesitura de ser fiel a sí mismo, a su verdad y arriesgarse a quedar expuesto al escarnio social, o vivir una mentira y correr el riesgo de convertirse en su peor enemigo por un proceso de interiorización de la homofobia social.

Esta homofobia social se manifiesta en los prejuicios y estereotipos, pero estos se han creado en un proceso de multiinfluencia mantenido durante mucho mucho tiempo en el imaginario colectivo.

Desde la influencia religiosa, a la arraigada hipocresía occidental que contempla las relaciones sexuales desde una óptica dual: o bien son consideradas como algo consagrado y lícito (dentro del matrimonio) o bien profanas, ilícitas (fuera del vínculo conyugal), se han estado consolidando visiones del mundo polarizadas, en blanco y negro, donde la escala de grises tiene poca cabida. Cuando poco a poco, la sociedad evoluciona y deja espacio a la escala de grises, a la diversidad, a la pluralidad, los extremos tienden a mantener su polarización, y por tanto su influencia, que choca de frente con el nuevo modelo social.

Todo esto apoyado en una lingüística que durante mucho tiempo ha utilizado (y utiliza) como insultos palabras relativas al género o a la orientación sexual favorece la creación de la homofobia interiorizada.

Mientras todo esto ocurre en el ámbito externo, a nivel de influencia social, ¿qué ocurre en la mente de la persona que sufre homofobia interiorizada? Pues exactamente eso, que SUFRE. Un sufrimiento intenso y profundo, que se manifiesta en el autorrechazo, en el conflicto para aceptar la homosexualidad, en una dificultad que puede llevar a ocultar o a tratar con eufemismos la condición homosexual ante ciertos escenarios sociales, conversaciones o preguntas.

Cuando se siente homofobia interiorizada, se puede haber mostrado la homosexualidad pero mantener paralelamente reacciones con actitudes defensivas hacia cualquier cosa que tenga que ver con homosexualidad, incluso reaccionar de una forma radical o agresiva en la defensa o en la expresión de la homosexualidad.

Todo esto indica un conflicto no resuelto, un sufrimiento muy arraigado, mucha culpabilidad, sentirse extraño en el propio cuerpo, sentirse que algo no funciona en el interior, estropeado, o disfuncional. Y con esa concepción de uno mismo hay que seguir viviendo, y conviviendo cada día, con lo cual el sufrimiento va en aumento.

Para superar la homofobia interiorizada hay que intervenir en varias áreas: desde la perspectiva cognitiva modificando los esquemas mentales distorsionados y eliminando los pensamientos irracionales y analizando los “mandatos familiares” que subyacen al mismo. Averiguar la existencia de trauma y gestionarlo de forma adecuada para facilitar la integración de las experiencias traumáticas asociadas dentro de la historia vital. Desde el punto de vista emocional, hay que aprender a manejar el miedo, la ansiedad y las emociones encadenadas a la ansiedad. Por último, en el caso de que hubiera conflictos asociados, habría que trabajar cuantos conflictos interpersonales se deriven de la homofobia interiorizada.

Como podemos ver, estaríamos ante un problema complejo que, tratado con la respuesta terapéutica adecuada se puede resolver, aunque lo ideal sería conseguir que no se produjera, que pudiéramos contar con la pluralidad y diversidad social suficientes para que estos casos de homofobia interiorizada no llegaran a generarse. Pero para ello vamos a necesitar una maduración como sociedad que, en mi opinión, podrá conseguirse con el tiempo y con los cambios generacionales. O al menos en ello confío.

por MAR ORTÍZ FERNÁNDEZ

Psicóloga. Activista de los DDHH 

 

Revista LOEV dirigida al público gay (LGBT), perteneciente a la consultora gay Grupo EGF

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