Homofobia Estatalizada, una nueva amenaza a los Derechos Humanos

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 En los últimos años estamos asistiendo a una creciente amenaza a los Derechos Humanos, y en concreto a los derechos del colectivo LGTBI, que surge desde los mismos Estados. Se trata de una homofobia vertical de dirección descendente que va desde organizaciones estatales y se vierte hacia abajo calando a todos los estratos sociales.

Es lo que he llamado homofobia estatalizada. Hasta ahora, lo más parecido a este tipo de homofobia lo encontrábamos en la homofobia institucionalizada, la cual se define como la creencia, a menudo inconsciente, de que el modelo heteronormativo es el legítimo y que las personas o familias que no lo cumplen son menos legítimas. Pero cuando es el Estado a través de sus representantes (políticos) el que avala, promociona y legitima este tipo de creencias, pienso que se ha dado un paso más allá, y ya podemos hablar de otro tipo de homofobia, la estatalizada, la que surge del Estado.

Para empezar podríamos preguntarnos: ¿cuál es la finalidad del Estado?, si nos unimos a la corriente filosófica de Hobbes, que fue quien marcó los inicios del pensamiento político moderno, la respuesta es esperanzadora: La finalidad del Estado es proteger la vida y la seguridad de las personas. Sin embargo, hasta hoy hemos sido testigos de que muchos Estados no están protegiendo la vida ni la seguridad de las personas LGTBI. No solo me refiero a aquellos Estados que penalizan hasta con pena de muerte a las personas LGTBI, sino que últimamente en países europeos y americanos, estamos presenciando un aumento de Gobiernos dispuestos a recortar los derechos de las personas LGTBI que tanto tiempo se han tardado en conseguir.

Siguiendo el pensamiento de Hobbes, lo que consideraba el derecho fundamental de todas las personas, su “derecho de naturaleza”, se correspondía con “la libertad que cada hombre tiene de usar su propio poder como quiera, para la conservación de su propia naturaleza, es decir, de su propia vida” (HOBBES, T. Leviatán, pg. 106).

Ahora bien, ¿qué ocurre cuando las personas no cuentan con un contexto estatal que garantice esa libertad?, es más ¿qué ocurre cuando no sólo no se promociona esa libertad sino que se coarta?
Según Hobbes: “Todo aquello que es consustancial a un tiempo de guerra, durante el cual cada hombre es enemigo de los demás, es natural también en el tiempo en que los hombres viven sin otra seguridad que la que su propia fuerza y su propia invención pueden proporcionarles. En una situación semejante existe continuo temor y peligro de muerte violenta; y la vida del hombre es solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve” (HOBBES, T. Leviatán, pg. 103).

Con esta imagen Hobbes intentaba explicar la anarquía de la inseguridad, y justificaba la creación del Estado de la siguiente manera: “con el fin de prevenir esta situación se crea ese gran Leviatán que llamamos república o Estado (en latín civitas) que no es sino un hombre artificial, aunque de mayor estatura y robustez que el natural para cuya protección y defensa fue instituido” (HOBBES, T. Leviatán, pg.3). 

La gran pregunta ¿cumple con su finalidad el Estado respecto a la población LGTBI?

Echemos un vistazo a los últimos acontecimientos que estamos presenciando: Bolsonaro, presidente electo de Brasil, homófobo, xenófobo, misógino. Trump, presidente electo de Estados Unidos, homófobo, xenófobo, misógino. Salvini, vicepresidente italiano, homófobo, xenófobo, misógino. Putin, homófobo, xenófobo, misógino. Ya vemos lo que tienen en común, pero no sólo el perfil se repite, sino que las políticas que surgen de estos Estados, ya sabemos cómo son: represoras, limitadoras de derechos y libertades, extremistas, incendiarias y lo peor de todo, contagiosas. Ejemplos evidentes de la homofobia estatalizada.

Hasta hace apenas unas semanas España se consideraba un país abanderado de la igualdad, de la diversidad, un país pionero en Europa a la hora de aprobar derechos fundamentales como el matrimonio homosexual. Hasta hace apenas unas semanas. Después de las elecciones andaluzas, sinceramente, como activista de los Derechos humanos, estoy preocupada.

Me preocupa que el país donde vivo se vea contagiado por los discursos de odio, extremistas, que limitan o coartan las libertades públicas y los derechos fundamentales de las personas. Quiero seguir viviendo en España y no en Rusia. Quiero ver que las personas pueden amar libremente a quien quieran. Y quiero que el matrimonio sea la unión de dos personas que se aman y quieren formar una unidad legal y familiar, sean del género que sean. Quiero que no se olvide la Carta Internacional de los Derechos Humanos. Quiero que el Estado, como decía Hobbes, garantice la vida y la seguridad de las personas, de todas las personas.

¿Por qué este resurgir de ideologías extremas? ¿no hemos aprendido nada de nuestra historia reciente? ¿no somos capaces de recordar qué pasó en Europa y en España antes y después de la II Guerra Mundial? ¿y no recordamos el resultado de todo aquello?

En los últimos 9 años 2.343 personas trans han sido asesinadas en el mundo, 1.834 de ellas en América central y Sudamérica. Las agresiones a personas del colectivo LGTBI son diarias a nivel global, algunas transcienden en los medios de comunicación, otras pasan totalmente desapercibidas. Pero que no se conozcan no significa que no existan. Ante situaciones tales no podemos obviar el problema que supone que desde el Estado se legitime la homofobia a través de políticas homofóbicas y discursos de odio.

Hemos llegado muy lejos en la lucha por la igualdad, la visibilidad y la naturalización como para retroceder ahora. Y aunque aún queda mucho por hacer y por conseguir, no debemos permitir que el Estado, ese ente que tiene como finalidad velar y garantizar la vida y la seguridad de las personas, se convierta en ese otro Leviatán destructivo, que llegue a anular a quienes debía proteger.

 

por MAR ORTÍZ FERNÁNDEZ (Psicóloga y Activista por los DD.HH.)

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Revista LOEV dirigida al público gay (LGBT), perteneciente a la consultora gay Grupo EGF

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