Amen, Declaración Universal de Derechos Humanos

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Por los siglos de los siglos, AMEN… Esta frase que leí en una tarjeta de una cafetería, en un mes como diciembre y en el que el día 10 se celebra el día internacional de los Derechos Humanos, me parece especialmente significativa.

El artículo 3 de la Declaración Internacional de los Derechos Humanos de la ONU, dice: Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.

El derecho a la vida, incluye todos los aspectos de la vida, y en mi opinión, uno de los derechos fundamentales que se deriva de este derecho genérico a la vida, es el derecho al amor, a vivir una vida plena, amando a quien se quiera, ejerciendo esa libertad que se reconoce en el artículo 3 y siendo respetado por ello.

Hoy en día, esa faceta del derecho a una vida plena, donde cada persona sea libre para desarrollar su personalidad en todos los aspectos de ésta, no es un derecho que se respete de manera universal. En la Unión Europea, 12 países han reconocido el derecho al matrimonio homosexual: Holanda, Bélgica, España, Suecia, Portugal, Dinamarca, Francia, Reino Unido, Luxemburgo, Irlanda, Finlandia y Alemania. Junto a ellos, otros dos países europeos: Noruega e Islandia. En América tienen reconocido el matrimonio entre personas del mismo género: Canadá, Estados Unidos, México, Argentina, Brasil, Uruguay y Colombia. Nueva Zelanda, Sudáfrica y la semana pasada se unió a esta lista Australia. Taiwán está próximo a ser el siguiente país que reconozca este derecho. 25 países en todo el mundo. Lo que significa que algo está cambiando. Pero por otra parte, también significa que siguen habiendo muchos otros países donde, no sólo no se reconoce ni permite el matrimonio entre personas del mismo género, sino que se persigue la homosexualidad, se castiga, se estigmatiza y hasta se penaliza legalmente. Países que suman 79 en todo el mundo: en 14 de ellos se castiga la homosexualidad con 15 años de cárcel a perpetua, en otros 19 con penas de cárcel entre 3 y 7 años, y lo peor de todo, en 7 países la homosexualidad se castiga con la pena de muerte: Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Irán, Mauritania, Somalia, Sudán del Sur y Yemen.

Últimamente, uno de los casos más sangrantes es el caso de Rusia, que en 2013 promulgó su ley contra “la propaganda homosexual” con el fin de preservar la estructura familiar tradicional y acusando a “los temas LGTBI” de devaluar efectivamente a las familias tradicionales existentes y actuales y de poner en peligro su futuro.

Esta vaguedad en la definición legal de un presunto delito, facilita que se produzcan abusos y discriminaciones en los casos concretos, precisamente por la elasticidad del tipo penal. El Tribunal Internacional de Derechos Humanos de Estrasburgo ha condenado a Rusia, precisamente porque esa Ley de 2013 es discriminatoria ya que “refuerza el estigma y los prejuicios y fomenta la homofobia”. El caso se presentó por tres activistas que demandaron ante el Tribunal por haber sido multados por convocar actos con pancartas a favor de la tolerancia y de la aceptación de la diversidad entre 2009 y 2012 delante de una escuela, de una biblioteca y de una oficina pública. La sentencia del Tribunal de Estrasburgo condena a las autoridades rusas a una indemnización de 43.000 euros por daños morales. Ante lo cual, tales autoridades han anunciado que recurrirán.

Puede parecernos que países homófobos como Rusia o Arabia Saudí, nos paran muy lejos, pero no hay que irse tan lejos para ser testigo de que ese artículo 3 de la Declaración de Derechos Humanos, que vincula vida, libertad y seguridad se vulnera, incluso en nuestra propia casa. Hace escasamente 6 días, dos jóvenes de 24 y 30 años fueron agredidos en Barcelona por cinco sujetos quienes al grito de “maricones”, decidieron que dos personas (en este caso dos hombres, como podrían haber sido dos mujeres) no podían (o no debían) ir cogidos del brazo por la calle. Noticias como ésta, a mí, personalmente, me dejan sin palabras. Me cuesta creer que alguien pueda hacerle cosas así a otro ser humano por expresar afecto en público, y más cuando esas “personas” (por llamarlas de algún modo) se creen jueces y jurado en cosas en las que no tendrían ni que opinar. Porque al final se trata solo de eso, de dónde ponemos nuestros afectos y nuestro amor, y eso es algo totalmente privado, en lo que nadie debería poder opinar. Y vemos que no sólo se opina, sino que se juzga y se ejecutan sentencias sumarias sin sentido y cuyo único objetivo es expresar y mantener conductas de odio.

Ante cosas así, no podemos mirar para otro lado, y no solo porque haya sido el día internacional de los Derechos Humanos, sino porque es esencial al ser humano, para tener una vida sincera, y plena, el poder dirigir sus afectos y poder expresarlos hacia quien quiera.

Así, que, a esa máxima de “Por los siglos de los siglos, amen” yo añadiría… “y dejen amar”.

por MAR ORTÍZ FERNÁNDEZ

Psicóloga. Activista de los DDHH 

  

Revista LOEV dirigida al público gay (LGBT), perteneciente a la consultora gay Grupo EGF

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